viernes, 29 de agosto de 2014

¿Caracas, 2084? Algunas palabras sobre Jinete a pie de Israel Centeno



      Caracas, o una posible Caracas del futuro, sirve de marco geográfico a la trama de Jinete a pie, novela escrita por Israel Centeno. El clima es envolvente, el paisaje está impregnado de decadencia y sus personajes son espectros a semejanza de un burdel orwelliano. En Roberto Morel recae el peso protagónico, es bajo su responsabilidad que los hechos cambian el curso para generar la catarsis necesaria propias de un sacudón; es un jinete a pie, en un ambiente donde hay cabida para lo deprimente, lo absurdo y lo tangencial.
      Un jinete a pie es en esa Caracas basada en la especulación, una persona sin motocicleta. El crack financiero provocó la caída abrupta de los precios del petróleo y con ello la instauración de la anarquía en una tierra totalmente dependiente del oro negro. Es ahí, donde los que hoy conocemos como colectivos, toman las calles y arengados por consignas y proclamas, hacen del ruido de las motos el sonido del terror, del pánico y de la muerte, situación que deja en desventaja a todo aquel que camine por los espacios abiertos, quedando en evidencia para ser víctima de un safari.
      El safari promueve la persecución de un peatón, se convierte en la diversión de los motociclistas y antes de darle la inevitable caza llevan a la presa a estados de demencia deplorables. ¿Y los carros? También son víctimas de las motos, tal y como podemos observar en nuestro acontecer diario. Por momentos tiende a reinar la paz y se logran acuerdos frágiles de no agresión. Los peatones tienen derecho a tomar café en ciertas  panaderías y éstos, para escapar del miedo y del hambre comen turrones de auyama y beben infusiones de campanita.
      Roberto Morel es un peatón más, sobrevive, vale así decirlo, refugiado en un gueto, acompañado por un grupo de desposeídos. Es posible que con el nuevo orden los recuerdos se hayan esfumado y la amnesia se hace colectiva. Roberto se ve asaltado por las dudas de lo que pudo haber sido su vida anterior, su pareja y un hijo que partió a tierra lejana. Y una manera de salir de ese marasmo es confrontar el statu quo. Morel asesina a un motorizado en la panadería y se da inicio un safari en el que la mujer que pretende darle caza puede tener alguna conexión con su pasado.
      El grupo de alienados se une a la causa, alentados por la esperanza de encontrar un camino que los lleve a otra comarca, otra realidad. Por un breve período se esconden en las ruinas de una iglesia hasta que logran emprender la huída sin dejar de ser vistos por las palomas, los gatos y los tordos, animales cómplices de los motorizados que forman parte del engranaje de la ya enrarecida atmósfera. La persecución anuncia el desenlace de la historia, la ruta de las mil y una probabilidades.
      Jinete a pie es una novela con pasajes intrincados que requiere de un lector dispuesto a desenmarañarlos, ausente por momentos de cierta lógica para sumergirse en un surrealismo oscuro y desalentador. Los recuerdos, como piezas de un engranaje, buscan el lugar apropiado en un universo yuxtapuesto e inverosímil. Una novela como ésta, sicológica, política, con tintes de ficción distópica aspira a abrir el cauce de un ramillete de obras en las que el autor descargue el pesimismo sobre la continuidad del modelo actual marcado por la indolencia del hombre y la acentuada velocidad de los cambios producto de los avances tecnológicos.

Nesfrán González Suárez

domingo, 11 de mayo de 2014

Jinete a pie



Roberto Morel es un Jinete a pie, como se les llama a quienes no tienen el privilegio de conducir una motocicleta, a los peatones sin voz ni derechos, exiliados en algún cantón de lo que una vez fue Caracas, antes del crack. En esta novela, Israel Centeno recrea una atmósfera enrarecida y anárquica donde se dibuja la soledad implacable de una ciudad que devino en pesadilla reaccionaria, decadente, deshumanizada, pavorosa. El personaje sobrevive obsesionado con rescatar las memorias erráticas de mujeres alucinadas y terribles; mujeres que se confunden y diluyen en la escritura de un diario, tal vez el único documento que registró los pasos de Roberto Morel antes de la debacle.

Ludmila puede ser Adriana o Verónica, Ana pudiera ser Alexandra o una sombra que se desprende del pecho de Roberto Morel. Una mujer se convierte en todas las mujeres, en figura caleidoscópica que se multiplica con los destellos cenitales del caos y la destrucción. Morel transita paisajes aniquilados de un sistema atrasado, constituidos por los cantones. Estos se distribuyen en zonas con viviendas desvencijadas, ruinas fundacionales de una comunidad donde habitan, confinados, los peatones que una vez transitaron libremente la ciudad. Los peatones sobreviven con té de campanitas y, solo en horas permitidas por las hordas motociclistas, tomando un café en La Flor de Altamira. Tomar café representa un rito, el último reducto social en el fluir convulsivo de la historia.

La yerba y los turrones de calabaza propician el ensueño, puente hacia universos oníricos para escapar del horror cósmico que producen los safaris, esas temporadas donde la caza de peatones es una diversión. Roberto Morel, mediante una reflexión asordinada, explora la sinrazón del amor, la persecución de una mujer vengativa, el deseo y los repliegues del miedo y las pasiones de la condición humana en una situación límite.

Los peatones huyen desnudos, su piel se confunde con la naturaleza, con la noche azulada y los sueños irreales producidos por la yerba y el té de campanita. La piel es la metáfora para fundirse con la desmemoria y el espectáculo imposible del animal acosado.


Twitter: @centenoIsrael

Jinete a pie está publicado bajo el sello editorial Lector Cómplice, disponible en nuestra librería online y en las principales librerías de Caracas.