domingo, 11 de mayo de 2014

Jinete a pie



Roberto Morel es un Jinete a pie, como se les llama a quienes no tienen el privilegio de conducir una motocicleta, a los peatones sin voz ni derechos, exiliados en algún cantón de lo que una vez fue Caracas, antes del crack. En esta novela, Israel Centeno recrea una atmósfera enrarecida y anárquica donde se dibuja la soledad implacable de una ciudad que devino en pesadilla reaccionaria, decadente, deshumanizada, pavorosa. El personaje sobrevive obsesionado con rescatar las memorias erráticas de mujeres alucinadas y terribles; mujeres que se confunden y diluyen en la escritura de un diario, tal vez el único documento que registró los pasos de Roberto Morel antes de la debacle.

Ludmila puede ser Adriana o Verónica, Ana pudiera ser Alexandra o una sombra que se desprende del pecho de Roberto Morel. Una mujer se convierte en todas las mujeres, en figura caleidoscópica que se multiplica con los destellos cenitales del caos y la destrucción. Morel transita paisajes aniquilados de un sistema atrasado, constituidos por los cantones. Estos se distribuyen en zonas con viviendas desvencijadas, ruinas fundacionales de una comunidad donde habitan, confinados, los peatones que una vez transitaron libremente la ciudad. Los peatones sobreviven con té de campanitas y, solo en horas permitidas por las hordas motociclistas, tomando un café en La Flor de Altamira. Tomar café representa un rito, el último reducto social en el fluir convulsivo de la historia.

La yerba y los turrones de calabaza propician el ensueño, puente hacia universos oníricos para escapar del horror cósmico que producen los safaris, esas temporadas donde la caza de peatones es una diversión. Roberto Morel, mediante una reflexión asordinada, explora la sinrazón del amor, la persecución de una mujer vengativa, el deseo y los repliegues del miedo y las pasiones de la condición humana en una situación límite.

Los peatones huyen desnudos, su piel se confunde con la naturaleza, con la noche azulada y los sueños irreales producidos por la yerba y el té de campanita. La piel es la metáfora para fundirse con la desmemoria y el espectáculo imposible del animal acosado.


Twitter: @centenoIsrael

Jinete a pie está publicado bajo el sello editorial Lector Cómplice, disponible en nuestra librería online y en las principales librerías de Caracas.



jueves, 24 de abril de 2014

Ojo de la cerradura




Ojo de la cerradura, bitácora onírica de Gabriela Olivo de Alba, es la puesta en escena de los sueños como materia estética de la creación, donde todo cobra sentido. En esta suerte de diario, la autora transforma el sueño en relatos cargados con la fuerza proteica de imágenes que vuelan, se deslizan, se diluyen o mutan en escenarios fugaces.

Gabriela trasvasa la imagen dislocada por el estupor, el miedo, el absurdo, o el deseo (entre otras emociones), y las inserta en esta ruta de ficciones que, por su naturaleza inaprensible y enigmática, se muestra inquietante. Ojo de la cerradura se inscribe en una estética onírica deslindada de enfoques psicoanalíticos, y de postulados surrealistas, es expresión artística que surge de repliegues del mundo alucinado de los sueños.

La estructura, aunque parezca fragmentada, articula las ideas y conforma un cuerpo textual cohesionado, como una red que atrapa vivencias fortuitas en contextos matizados con tonos fantasmáticos o colmados de erotismo. El sueño es el protagonista que se cuela cada noche y conforma laberintos de teatros ambulantes e indefinibles que entregan funciones donde la soñante se envuelve, se deja envolver (o desenvuelve) en la extrañeza, el azar y el absurdo.

Ojo de la cerradura seduce con la riqueza de sus reinos fantásticos, con su lenguaje y con sus entresijos. Los recursos formales en la propuesta estética de Ojo de la cerradura como libro objeto, se enlazan en un juego donde el arte subordina al texto literario, y constituyen vasos comunicantes entre la filigrana temática de lo soñado y el sueño como experiencia. Gabriela (la soñante) algunas veces los plasma con trazos gestuales, fuertes y dinámicos; otras veces los retrata como historias de símbolos y signos que confluyen en crónicas oníricas, en un Ojo de la cerradura.


Les Quintero